Creo que cuando disponemos el corazón a la Madre ella es inigualable en caridad para con nosotros sus hijos
  
Martes, 24/10/2017
_” Por Tu misericordia inagotable que me da la gracia de ser testigo de tu presencia en mi vida y la de mis hermanos, escribo como alabanza para que otros puedan también alabarte”.

Crecí con la certeza de saberme amada y llamada por mí nombre y eso me estremece de gozo.
Yo diría que la hermosa aventura comienza cuando mi párroco convoca a la consagración de todos y cada uno a María. Después de prepararnos pero de igual forma un tanto inconsciente fue mi entrega en el año 2012.

Creo que cuando disponemos el corazón a la Madre ella es inigualable en caridad para con nosotros sus hijos.

Conocí por esos días y pura providencia a Titina, una persona que transparentaba en sus ojos un brillo especial al nombra a María. Eso fue despertando en mi corazón el anhelo de amarla así también. María escuchó ese deseo silencioso y me invitó a un congreso: María Reina de la paz... y lo hice con el sentimiento de una profunda inquietud de asistir cuando escuche hablar de los preparativos para el mismo.

Parecía un capricho de niño y el solo pensar que asistiría me alegraba profundamente. Y aunque las probabilidades de estar presente eran remotas, confié.
Allí experimente la cercanía de María como MADRE e intercesora; como si los ojos de mi alma pudieran ver claramente su papel en mi vida.

Sentí además una fuerte llamada a la oración a la cual me era más fácil disponerme y para mi sorpresa me envía como misionera llevando su presencia a través de una imagen que debía peregrinar en mi ciudad por un año, hasta el próximo congreso.
Fue un año de muchas bendiciones y puedo atestiguar cuántos milagros y conversiones acontecieron por su sola visita.

Así transcurrió el 2015 hasta que llegó el día que debía devolver la imagen peregrina para que continúe su camino donde ella quisiera andar, por algún otro rinconcito de nuestro país.
Aquí comenzaba la misión ahora con mi vida, el desafío de anunciar sin imagen y sin palabras, enseñarle a quien ella pusiera en mi camino con el brillo de mis ojos tal cual yo la había conocido y eso dependía sólo de Su gracia, pero una vez más confié y asumí la posta con alegría.

Pero siempre el Señor nos sorprende con sus caminos y al comenzar el 2016, volviendo de vacaciones, sufrimos un accidente, el panorama seguramente le resultará familiar a quien haya pasado por esto, y a quien no, es difícil poder imaginarlo. De los 5 que componen mi familia la más pequeña de 5 añitos fue despedida del auto en uno de los vuelcos.
Cincuenta minutos de espera.

La ambulancia llegó y fuimos trasladadas a un hospital para recibir los primeros auxilios, pero nunca sentí miedo en medio de la conmoción, el llanto de mis otras hijas, y la desorientación de mi esposo, al contrario podía percibir el abrazo contenedor de Ella y la plena seguridad de que estaríamos bien. Eso me llenaba de una paz casi inexplicable.

Mi esposo padeció un golpe y cortes impresionantes en la cabeza, nada grave. Mis otras dos hijas Carmina y Triana solo algunos raspones. Yo un corte comprometedor a la altura del tobillo que concluyo un mes después en una cirugía.

Pero el diagnostico de Indiana fue traumatismo encéfalo craneano que la predispuso a un cuadro grave, requiriendo terapia y coma inducido por una semana, tras la cual fue evolucionando favorablemente más allá de los pronósticos médicos realmente desalentadores. Indiana siempre y a cada paso iba sorprendiendo y desafiando a todos con su pacífica pero rápida recuperación.

Y quien pueda ver que vea… mi comunidad enseguida se dispuso a rezar por nosotros y cuando abren la palabra para iluminar el momento, lo hacen en los versículos que describen las bodas de Canaa. Casualmente también ese primer domingo la liturgia estaba enmarcada en la lectura del Evangelio de Jn 2, 1_11, las bodas de Canaa, así que me animaría a afirmar, tal cual nos lo decían las enfermeras que asistían a Indiana: ¡Un milagro!

Ojala pudiera describirles como percibíamos este hecho, pero fueron tantos los signos evidentes de la presencia de María a nuestro lado, presencia real que no nos dejaba lugar a dudas sobre todo en la recuperación inusual de Indi.

Pero el verdadero milagro que quisiera compartirles con mi testimonio es el de tantas personas que fueron llegando a mi vida conmocionando mi alma permitiéndome descubrir que no solo nos estaba cuidando a nosotros sino que se bastaba de lo sucedido para que tanta gente sintiera un renovado ardor de fe y esperanza.

Descubrir en primer lugar la familia unida, estando siempre en el lugar preciso en el momento preciso. Una comunidad hermanada en Cristo y ocupada en poder ayudarnos de la mejor manera, padres espirituales que con su dulzura, ternura y cercanía suavizaban las heridas, personas que conocí en el transcurso de estos días en los pasillos del hospital y me tocaba consolar y por las cuales también hoy conocemos esta realidad de enfermedad y dolor, la delicadeza en las palabras contenedoras de aquellos médicos desconocidos que al estar tan lejos de casa, terminaban siendo los más conocidos.

Historias sencillas de personas sencillas que la oración los acercó a mí vida, y a quienes conocí por el relato diario de una amiga, que nos hacía de nexo con algún vecino que peregrinaba, algunos de ellos desconocidos, aquel que rezaba en familia por primera vez, que prendía una vela, que se reunían en grupos aún de diferentes credos y tantos testimonios que espero no olvidar.

Cada uno de estas personas nos animaba a seguir descubriendo las tramas de Dios en nuestras vidas tan frágiles y a nuestra querida Madre que velaba por todos, no solo por mi familia sino por cada hijo suyo sin distinción… pueda percibirlo o no.

Para Mariano, Carmina, Triana, Indiana y para mí, este fue el verdadero milagro que se evidencio en la pequeña Indiana: la certeza de sabernos cuidados por DIOS en MARIA!

Gisela.





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